El Vendedor de Botellas De Agua

Llevábamos dos días perdidos en aquel infierno, el largo océano rojo se extendía a nuestros pies, no veíamos salida alguna, estábamos perdidos, sin saber a dónde ir o qué hacer.

Hacía dos días que nuestra avioneta se había averiado dejándonos perdidos en medio de la nada. El lugar era asfixiante y para colmo no teníamos más que un triste paquete de galletitas saladas. Habría dado mi alma a cambio de una botella de agua, o de tan solo un sorbo.

El calor se hacía más insoportable a medida que andábamos en busca de ayuda.

Al cabo de varias horas andando vimos en la lejanía una silueta, a medida que nos acercábamos esta tomaba forma, hasta que al fin llegamos junto a ella. Estábamos  frente a una mesa, llena de botellas de agua, con un llamativo cartel a la derecha que decía:

SE VENDEN BOTELLAS DE AGUA

Estábamos tan embobados mirando las botellas, que no nos fijamos en el hombre que nos miraba con desprecio desde el otro lado de la mesa. Era gordo, bajito, y tenía un llamativo bigote negro, y a pesar del calor que hacía, daba la sensación de estar bastante a gusto, como si estuviera en otro lugar. Sin quitar aquella mirada despreciativa se dirigió a nosotros:

-¿Desean algo?

– Beber, estamos sedientos por favor, necesitamos agua.

– ¿Así que desean beber eh?, sabrán entonces que no es gratis ¿no?- dijo mirándonos con prepotencia.

– No tenemos dinero, no tenemos más que una caja de galletas, por favor, necesitamos agua.

– Bueno, entonces, si no podemos llegar a ningún trato, no merece la pena seguir hablando, tengan un buen día señores

– No nos puede hacer esto, por favor, estoy seguro de que le sobra alguna botella, por favor – dije desesperado

– Por supuesto que me sobran, tengo todas las que quiera, pero si no voy a obtener nada a cambio, no merece la pena seguir hablando, tengan un buen día.

Se me ocurrió cogerle una por la fuerza, pero nada mas me acerqué a la mesa, me di cuenta de que no podía, me sentía agotado, me era imposible, me veía impotente.

Iba a morir y no podía hacer nada para evitarlo, mi vida dependía de un gordo prepotente….

-Señor, ¡oiga!, ¿me esta escuchando?

– Si, si, perdona hijo, se me enreda la cabeza con cosas que no sé a qué vienen, ¿Qué querías majo?

– Le decía si nos podría usted dar un pequeño donativo para África, con apenas unos euros puede usted ayudar a mucha gente.

Acerca de Álvaro Martín

Con arte, al fin del mundo

Publicado el 06/07/2008 en Relatos y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Muy bueno ^^

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