Interprétame

Vuelve a abrir los ojos. Los abre y el joven de pronto ve la luz. Altas horas de la noche, una habitación mal iluminada, llena de libros y con un ligero olor a tabaco de liar. El viejo escritorio de madera lleno de cartas, fotografías, dibujos y mapas. Todo pistas, todo señales. La gran obsesión que le lleva devorando meses se desvanece en el aire. Porque la letra impresa dice siempre lo mismo.

No puede contener la alegría que le inunda y  sin querer desparrama el café por encima de la alfombra. Su perro, quién hasta ese momento dormía, levanta la cabeza expectante. Qué es lo que le pasa a mi amigo, piensa. Lo que le pasa es que es feliz, todo tiene sentido para él ahora. Todo encaja.  Ha encontrado la llave, la marca del tesoro, ha descubierto su enigma. Dentro de toda la alegría reluce un pequeño desconocimiento, pues el chico no sabe muy bien qué es lo que ha hecho para llegar a esa perfecta comprensión y no para de preguntarse por qué no fue capaz de darse cuenta antes, cómo era posible que no viera tan claras señales.

El muchacho vuelve pues a releer los papeles, y está vez siente algo totalmente distinto, un sentimiento muy lejano de aquel que tuvo lugar desde hace meses hasta hace escasos minutos. Los  encuentra agradables. Agradables y cercanos, cómo si los hubiera escrito el mismo. Todo un compendio de escritos, los cuales parecían disuasorios a primera vista, los cuales llevaban atormentándolo a la vez que atrayéndolo durante mucho tiempo, son ahora una dulce historia. Su historia. Pues todo lo escrito, todo lo narrado, le pertenece, puede vivirlo, sentirlo.  Cierra los ojos y su imaginación recorre las bellas imágenes plasmadas en papel, las mezcla con recuerdos, juega con ellas, las amplía.

Está feliz. Muy feliz, y  se sentiría completamente invencible si no fuera por el atisbo de duda que lo incomoda. ¿Y si está equivocado? ¿Y si todo no es más que una invención suya producida por su obsesión? Cierra los ojos de nuevo. Los abre y vuelve a leer una vez más los papeles. No puede estar equivocado. No cree ni quiere estarlo. Está totalmente seguro del motivo de todo lo expresado. Jamás había estado tan seguro de algo. Porque la letra impresa siempre dice lo mismo, es la interpretación de esta la que da el sentido y el significado.

Acerca de Álvaro Martín

Con arte, al fin del mundo

Publicado el 07/10/2011 en Filosofía, Relatos y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s