Todo va a salir bien

Entona la plegaria, luego escupe, gruñe, y tira una granada contra la fría lluvia del invierno. Después me mira. Me desarma con la mirada y echa a correr gritando como el animal furioso que es. El cuchillo que lleva en la boca desfragmenta los insultos que emite, y antes de que llegue a la tercera empalizada, cae fulminado al suelo.  Una caída suave, ligera, amortiguada completamente por el sucio barro del cenagal. Otro más, otro menos. Otro que jamás verá el resultado de toda esta locura…

La gente debería saber que las guerras las pierden los valientes, son los cobardes los que las ganan. Son ellos los que reciben las medallas y dan la mano al presidente. Si no fuera por los cobardes la evolución no habría sido posible. Si estoy aquí ahora mismo es por una grandísima cadena de antepasados que fueron tan cobardes como yo lo estoy siendo. Nadie quiere que le disparen, nadie quiere morir, nadie quiere dar su vida por un mundo mejor para todos menos para sí mismo. Y a pesar del terrible miedo, todo el mundo cree que el que va a morir es el de al lado. Nadie se ve así mismo abatido por una bala. El pensar en sobrevivir no es más que la única alternativa posible en este infierno. Voy a vivir, lo sé.  Aunque inevitablemente pienso en todos esos lugares, en todas esas personas que dejé atrás. En todos esos momentos que ya solo existen en mi memoria y que, Dios no lo quiera, dejen de existir esta noche.

Williams se acerca por mi derecha, no viene solo, pues el viento que lo acompaña trae gritos consigo agudos aullidos humanos. Nos miramos. Y puedo leer como si de un libro abierto se tratara, mi mente y la suya, reflejadas en sus pupilas. Miedo. Pánico… La muerte no es el por pensamiento que se te puede pasar por la cabeza. Si hay algo que un soldado teme más que a la misma muerte es al dolor. Es el dolor imposible de describir hasta que se siente por uno mismo. Puedes ver hombres desangrándose, hombres a los que se les salen las tripas o hombres que acaban de recibir un tiro en el cráneo y  a pesar de la desagradable sensación, no ser siquiera capaz de imaginar cómo se pueden estar sintiendo. El dolor ajeno es imposible de sentir.  Y cuando se siente, imagino debe ser, totalmente inabarcable. Es ese dolor el que tememos. Aquel que te hace querer abrazar  a la muerte como una amante.

Se empiezan a oír un bombardeo. Williams comienza a llorar y a lamentarse por todo esto. Recuerda ahora, como si de un anciano en el lecho de muerte se tratara, todas aquellas oportunidades que desperdició, todos aquellos días que no aprovechó. El pobre daría todo con tal de poder disfrutar de uno de esos domingos que hasta hace un año le parecían tediosos y aburridos. Sus lágrimas se estrellan poco a poco en el suelo junto a gotas de lluvia. Ahí abajo es ya imposible distinguir unas de las otras;  las causadas por el sufrimiento y la maldad del hombre de las causadas por la naturaleza.

Le agarro la gélida mano y le digo que todo va a salir bien. Que este no es el fin.  Silencio. Y justo cuando me dirige una inocente mirada algo estalla junto a nosotros.  Después de rebotar en la pared caigo de espaldas violentamente. No oigo nada, apenas puedo ver. No siento mi cuerpo tampoco. Tan solo sé que existo gracias a las finas gotas de lluvia que caen en mi cara. Estoy cansado. Muy cansado. Quiero que todo acabe bien. Quiero un final feliz. Cierro los ojos. Vuelvo al lugar del que vengo.

Acerca de Álvaro Martín

Con arte, al fin del mundo

Publicado el 17/10/2011 en Relatos y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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