Te voy a contar un secreto

No es un momento tétrico, ni siquiera melancólico.  Pues aunque estoy rodeado de fría piedra, sobre mi mesa tengo una pequeña vela que ilumina la estancia además de dar calor.  Aunque como habrás podido adivinar estoy solo. Sentado en una silla vieja mientras la lluvia golpea contra la ventana y los años pasan sobre mi mirada. Y recuerdo todo lo que deje atrás, todo lo que sentía y todas las esperanzas que tenía hace ya mucho tiempo. ¿Y qué me queda de todo eso? Nada más que el recuerdo.

Ahora simplemente me veo como un triste naufrago más en una de esas pequeñas islas que solo tienen una palmera. Un naufrago que espera no que le rescaten, si no una botella. Un mensaje en una botella. ¿Por qué? Porque un rescate acabaría con todo, destruiría la fantasía y en su lugar devolvería al pobre naufrago a la triste realidad de la que fue apeado. Y por si fuera poco, lo devolvería en peores condiciones; habría este con toda seguridad perdido su trabajo, quién sabe si a su mujer. Por no hablar de que el tiempo pasado en la isla probablemente haya jugado en contra de algún familiar mayor. El rescate sería el hundimiento del naufrago. La salvación sería el fin de toda esperanza de vivir.

 Sin embargo, un mensaje, un simple mensaje, aunque solo fuera una palabra, una simple y corta palabra como Hola, daría vida a un sinfín de creaciones. A una cuenta ilimitada de fantasías que no mucho tardarían en convertirse en sonrisas. Con ellas nuestro naufrago podría sentirse libre, dueño de sí mismo, Dios de su propio mundo, no tendría límite alguno. Quizás el mensaje fuera de su posible rescatador, en cuyo caso nuestro naufrago podría imaginar la fecha del rescate así como el medio: aviones, barcos, águilas gigantes… Podría ser también un mensaje del amor de su vida, que dolida por su perdida, ha llenado desesperadamente el océano de botellas esperando una respuesta. O ¿por qué no? Quizás el mensaje fuera de alguien en su misma situación. Alguien necesitado de compañía, de un amigo. Tal vez nuestro naufrago pudiera mantener una conversación mandando la botella una y otra vez a otro posible naufrago abandonado en otra lejana y remota isla.

Así es como me siento, no lo llames miedo a la oscuridad ni a los monstruos que en ella viven. Es algo mucho más terrorífico. Es miedo a iluminar esta realidad por mí mismo. A descubrir la verdad. Yo y mi pequeña vela desenmascarando todo lo que nos rodea; destruyendo ilusiones, tirando abajo ideales  y quemando deseos. Iluminarlo todo, todo blanco. Ver cara a cara la terrible verdad sin tener ni un ápice de esperanza, ni un recodo de oscuridad donde pueda esconderse esa última posibilidad. Eso es sin duda lo que más temo en mi vida, y mi vida hace tiempo que ya no soy yo.

Acerca de Álvaro Martín

Con arte, al fin del mundo

Publicado el 18/01/2012 en Relatos y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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