Solo soñar

Se imaginaba que la vida podía ser igual de distinta en cualquiera de los otros cientos de estrellas que veía desde su habitación aquella noche. Había soñado durante demasiados años con poder volar hacia ellas, explorar sus infinitos misterios, conocer a sus fantásticos habitantes y entablar algún tipo de conversación con ellos basada en signos. Después volaría de vuelta hacia la Tierra y contaría sus múltiples aventuras a todos los habitantes en grandes mítines con gente importante. Tenía todo escrito en una pequeña libreta que con recelo guardaba debajo de su almohada, escondida de cualquier posible curioso que se adentrara en su habitación.

Le encantaba soñar, se imaginaba también explorando los tormentosos mares del sur y las múltiples islas que en ellos se encuentran.  A pesar de lo romántico de la aventura, obviamente para cuando emprendiera el viaje no todo serían facilidades, tendría que defenderse del acecho de rudos y crueles piratas, de salvajes y desconocidas tribus y como no, de los caprichos del océano y sus tempestades. Ninguno de estas dificultades suponía para él algo más que un necesario y excitante desafío.

Y sin darse cuenta creció. Y poco a poco fue abandonando todos sus “viajes”. En su lugar se encontraba una realidad que lo reprimía, que lo encerraba, una realidad llena de gente igual que juraba ser distinta y de la que nada se podía esperar. Las preocupaciones se centraron en esa única realidad común a todos los seres que compartían su vida. Podría pensarse que esta etapa marcó un momento triste en su vida, pero eso no es así.

La verdadera tristeza llegó, o más bien salió a fuera, el día que se encontró cara a cara con una foto de aquel niño que una vez fue y del que ya no quedaba nada. La consciencia lo llamó desde su interior. Vio en la foto de aquel pequeño muchacho que reía junto a un espejo el reflejo de todo lo que había perdido. Vio un todo en potencia que jamás volvería. Un océano de sueños del que le despertaron. Un mundo perdido, liberado. Y rompió a llorar. Las lágrimas cayeron al papel deslizándose por la que había sido su cara, mientras él miraba con mezcla de pena y ternura a aquel niño.

Y tuvo miedo. Miedo de llegar a anciano y tener la misma sensación al ver una foto del que ahora era su presente. Y volvió a llorar. Pero está vez, eran las lágrimas más vengativas que jamás derramarían sus ojos. Lo iba a impedir, costara lo que costara.

Acerca de Álvaro Martín

Con arte, al fin del mundo

Publicado el 16/02/2012 en Relatos y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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