El último lugar de los soñadores

Las paredes. Las brillantes y firmes paredes naranja que parecían tan se derrumban, como por arte de magia, en el preciso instante en el que decide mirarlas. Como si estuvieran hechas de papel caen livianamente sobre el suelo sin apenas provocar sonido alguno. Pero lo más sorprendente de todo es lo que su ausencia muestra. Pues lejos de poder ver el ajetreo exterior del edificio, consistente en coches, vendedores ambulantes y nerviosos peatones, veo la más inmensa oscuridad. Un océano negro que hace que me pregunte cuán grande es.

Me quedo completamente perplejo, cómo si mis ojos estuvieran hechizados, como si estuviera soñando. Él sonríe, es obvio que está acostumbrado a ver esta reacción que a mí me ha parecido tan espontanea. Después alza su dulce voz y me dice:

-¿Puedes creer que haya gente que crea que esto es solo una habitación?

No me da tiempo para responder.

-Sígueme-dice.

Y le sigo a través de la oscuridad. Su traje morado comienza a radiar una llamativa y pálida luz. No sé cuánto tiempo andamos sin intercambiar palabra, pero cuándo voy a preguntarle a dónde vamos aparece al fondo una pequeña luz blanca. Un puntito que brilla como si fuera una estrella solitaria.

-Falta poco- me dice anticipando mi pregunta.

Y a medida que nos acercamos a esa luz, está se va haciendo más y más grande, y lo que primero era un simple puntito acaba transformándose en todo un círculo enorme de luz blanca. Para cuando llegamos a su borde es mucho mayor que nosotros. Mi extravagante compañero se frena justo en el límite de la luz.

-El siguiente paso debes darle tu solo-dice- Ya sabes de dónde vienes, nada puede ser visto en la oscuridad. La luz daña, quema la vista, pero solo hasta que el ojo se acostumbra a ella. Después es el paraíso que andabas buscando, el lugar en el que está todo, el lugar en el que todo ha existido siempre, el lugar en el que todo es posible.

Tiene todas sus palabras calculadas a la perfección, deduzco pues que no es la primera vez que las dice. Sigue hablando mientras avanzo hacia la luz.

-Solo los verdaderos soñadores son capaces de llegar hasta aquí. Solo ellos pueden ver las cosas tal y como verdaderamente son.

Traspaso el límite, y la luz me empieza a cegar, sigo andando mientras escucho sus últimas palabras:

-Eres un afortunado por poder llegar hasta aquí. Solo sigue soñando.

Y pierdo completamente la visión, ni siquiera puedo ver mi cuerpo. Lo cual no impide que siga andando.  Y finalmente, la luz va desapareciendo, de una manera que no puedo explicar flota hacia arriba, es como si se evaporara. Lo que me permite empezar a ver a través de ella una imagen borrosa. Sigo andando y a medida que la luz va ascendiendo la imagen va siendo más y más nítida, y es entonces cuando puedo ver que no es una imagen. Que son miles de ellas.

Este infinito collage de imágenes es sin duda el último y primer lugar de los soñadores. El lugar de la única y verdadera creación. De las infinitas maravillas. Pues cualquier cosa que jamás haya pasado por la imaginación de un hombre tiene vida allí; todo invento, toda fantasía, e incluso toda imagen que alguna vez haya pasado por la cabeza de un poeta existe allí. Un mundo de sueños.

Me gustaría poder narrarlo más detalladamente, pero me es imposible. Tan inabarcable es la infinitud… tanto que haría que  cualquier intento de aproximación descriptiva de la misma por mi parte supusiera toda una traición. Ya que por muy arduo que fuera mí esfuerzo, tan sólo conseguiría describirla en parte. He de añadir que una realidad de tal naturaleza es imposible de explicar salvo para aquellos que ya la conocen.

Simplemente diré que es sin duda alguna el paraíso de la felicidad, pues los que allí viven tienen como finalidad última perseguir los sueños, aprehenderlos, conquistarlos, alimentarlos y amarlos. ¿Quién no sería feliz así? Ese es el objetivo último y en muchos casos único de la vida de esa gente, y para el que muchos empeñan con convicción toda una existencia. Ese es el objetivo que busco yo. Por eso estoy aquí.

Y de verdad, me encantaría llevarte allí. Me encantaría que pudieras conocer todo aquello, me encantaría que estuvieras conmigo. Pero aún no es el momento. Todavía no. Sé que te sientes como una soñadora, que idealizas a cualquiera que tenga cualquier plan de futuro más allá de su puerta, pero esto no es así. Se necesita algo más que una apariencia, algo más que una pose. Se necesita esa pequeña excitación, esa despreocupación, esa improvisación. Esa genuina sonrisa llena de ilusión y simpatía y sobretodo, esa pequeña chispa de locura que emiten los ojos intensamente cuando algo es visto de otra manera.

Acerca de Álvaro Martín

Con arte, al fin del mundo

Publicado el 23/02/2012 en Relatos y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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