La misma barra de siempre

A pesar de que a lo largo de mi vida lo haya hecho con más o menos frecuencia, nunca me gustó beber. Nunca lo disfruté. El acto de beber en mi vida nunca ha sido el fin en sí mismo, sino más bien el medio.  Empecé como tantos otros, como adolescente que busca desinhibirse los fines de semana en compañía de sus amigos y sobretodo amigas. Más tarde en mi madurez  el uso se normalizó con una clara función de formalidad, de acto social;  ante jefes, compañeros que ya no amigos y mujeres que no ya pretendientes.

Con estos hechos queda bastante claro que nunca he sido un adicto al alcohol o a sus efectos, únicamente he sabido aprovechar las circunstancias que produce. Y por ello sé que es normal que el lector se extrañe de que, al igual que la mayoría de las noches durante el último año, me encuentre solo ante la barra de un bar y acabé de vaciar mi cuarta cerveza. Y créame que esto no tiene nada que ver con la tan conocida máxima derrotista de beber para olvidar.

Pido mi quinta cerveza mientras el ambiente del bar se vuelve cada vez más decadente, o quizás el ambiente es el mismo y es mi percepción la que está cambiando. A mi izquierda una joven pareja se reprocha mutua y disimuladamente todo un breve y pasional pasado común. A unos metros suyo, un hombre con gafas lee completamente concentrado unos folios llenos de tachaduras y correcciones.

Pero es a mi derecha dónde está el sujeto que llama mi atención. Que la lleva llamando desde que entré hace dos horas. Un hombre de setenta años bebe en soledad con la mirada puesta en el infinito. Las arrugas y cicatrices de su cara dan muestra de un pasado que estoy seguro ahora no recuerda. El hombre acaba su copa y pide otra, la quinta. Y es en ese momento cuándo se fija en mí. Su boca dibuja una ligera sonrisa y al ver que le estoy mirando me dirige las primera palabras: Buenas noches, dice con una desgastada voz. Buenas noches le respondo con tristeza y esperanza.

La camarera le pone su whisky y él acerca su taburete al mío. Comenzamos a hablar. ¿Cómo hablas con alguien que te tiene por un completo desconocido? Con total franqueza, no hay nada que perder. Hablo de mi vida, de mi trabajo y de mi mujer. El hombre parece interesarse por mí aunque sigue en un extraño estado de abstracción. Seguimos bebiendo y él me da una versión de su vida de una manera tan general y nublada que es imposible de tomar como cierta. El efecto del alcohol se podría pensar. Sin embargo según van amontonándose los botellines de cerveza y los vasos de cubata, el hombre comienza poco a poco a tener las ideas más claras. Su problema no es el alcohol. Bebiendo no olvida, recuerda lo olvidado. Cambia ligeramente la historia y va concretando y dando más detalles. Como si estuviera perdido solo en un laberinto y fuera dibujando poco a poco un plano con el fin de llegar a alguna parte.

Seguimos bebiendo y con más confianza el hombre me pregunta que qué hago yo en un sitio como ese a esas horas de la noche. Le respondo que he ido a buscar a alguien. Callo. Añado después que he ido a buscarle a él. El hombre se echa a reír comparándome con la muerte. No soy tan viejo, grita, aún me queda mucha vida. Me limito a  sonreír. El da otro sorbo a su copa, se queda pensativo y su ánimo baja. No voy a morir pero creo recordar que estoy enfermo, me dice apenado. Le pregunto si no recuerda nada. No, responde con tristeza. No quiero beber más, dice un instante después. Pago las dos cuentas y cojo mi abrigo. Él me mira extrañado. Papa, vámonos a casa, le digo.

*Presentado al  I concurso de microrrelato Café Zalacaín, temática: Barras de bar

Acerca de Álvaro Martín

Con arte, al fin del mundo

Publicado el 27/03/2012 en Relatos y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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